Inflamación silenciosa: cómo reconocerla y reducirla con la alimentación

Inflamación silenciosa: cómo reconocerla y reducirla con la alimentación

Una mirada clara y práctica a un problema que avanza sin avisar: qué es la inflamación silenciosa, cómo detectarla y qué cambios alimentarios pueden ayudarte a controlarla.

La inflamación, en su origen, no es el enemigo. Es una respuesta natural del cuerpo, algo así como un sistema de defensa de emergencia: salta cuando hace falta reparar tejidos, combatir infecciones o activar al sistema inmunitario.

El problema empieza cuando esa alarma, que debería sonar solo puntualmente, se queda encendida de forma crónica. A eso se le llama inflamación silenciosa o de bajo grado: un estado inflamatorio que opera en segundo plano, sin hacer mucho ruido, pero

afectando áreas clave como el metabolismo, el sistema digestivo, las hormonas o incluso el cerebro.

A diferencia de la inflamación aguda —esa que se ve, se siente y molesta—, la silenciosa es escurridiza. Se instala sin síntomas evidentes y puede pasar años dando señales muy sutiles con un abanico de molestias que solemos normalizar: cansancio sin causa clara, niebla mental (esa sensación de tener la cabeza en las nubes), hinchazón abdominal, digestiones pesadas, dolores articulares que van y vienen, sueño alterado o cambios de humor difíciles de explicar. No son síntomas “graves”, pero sí son pequeños avisos de que algo interno no está funcionando como debería.

La doctora Terry Wahls, conocida por su enfoque en enfermedades autoinmunes, apunta a un culpable bastante evidente: el estilo de vida moderno. Estrés crónico, horas de sedentarismo, exposición continua a sustancias tóxicas y una alimentación ultra procesada han creado el cóctel perfecto para mantener esa inflamación encendida. El cuerpo intenta compensar, claro, pero si las exigencias superan su capacidad de adaptación, la respuesta inflamatoria deja de ser puntual y se vuelve la nueva normalidad. Aunque no duela, ese desgaste sostenido pasa factura con el tiempo.

dieta sana

¿Cómo reducir la inflamación a través de la alimentación?

La buena noticia es que esta inflamación silenciosa no es invencible. De hecho, responde bastante bien cuando se le propone un entorno más amable. No se trata de hacer una dieta estricta, ni de contar calorías como si fuera una penitencia, sino de crear las condiciones internas para que el cuerpo pueda volver poco a poco a su equilibrio. Aquí van algunos principios clave, respaldados por la literatura actual y con sentido común como aliado:

1. Prioriza alimentos ricos en antioxidantes y fitoquímicos. Verduras de colores intensos como el brócoli, las espinacas, la lombarda o la remolacha, junto a frutos rojos, cúrcuma, jengibre, té verde y un buen aceite de oliva virgen extra, ayudan a calmar esa inflamación latente. Piensa en ellos como pequeños bomberos nutricionales.

2. Aumenta tu ingesta de ácidos grasos omega-3. El pescado azul (sardinas, caballa, salmón), las semillas de chía y las nueces actúan como contrapeso frente al exceso de omega-6 de muchas dietas actuales. Equilibrar estas grasas es clave para desinflamar desde dentro.

3. Reduce los ultraprocesados, los azúcares añadidos y las harinas refinadas. No es un castigo, es una tregua para tu cuerpo. Estos alimentos alteran la glucosa en sangre y generan un estrés metabólico innecesario que termina alimentando la inflamación a través de citoquinas proinflamatorias.

4. Refuerza la salud intestinal. Fermentados como el chucrut o el kéfir, fibra soluble presente en la avena, la manzana o las verduras, caldo de huesos y probióticos naturales ayudan a equilibrar la microbiota intestinal, ese ecosistema interno del que depende buena parte de nuestro bienestar. Wahls insiste: un intestino sano es una barrera eficaz contra la inflamación.

5. Identifica sensibilidades individuales. No todo el mundo tolera igual ciertos alimentos como el gluten, los lácteos, los aditivos o el alcohol. No se trata de prohibir, sino de observar con honestidad cómo responde tu cuerpo. A veces, una molestia recurrente tiene más que ver con la cena que con la genética.

Conclusión: la inflamación silenciosa no aparece de golpe. Es el reflejo de un ritmo de vida que ha perdido el compás. La alimentación no lo soluciona todo, pero es una de las herramientas más directas, asequibles y efectivas para empezar a recuperar el equilibrio.

Si te interesa seguir profundizando en cómo la nutrición influye en tu estado interno, quizá te apetezca leer también este artículo relacionado: “Hormonas y equilibrio femenino: cómo adaptar la práctica y la alimentación a cada fase”.

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